El inicio del karate-do, no
fue un camino de rosas a través del cual las circunstancias se desarrollaron de
una manera fácil y elegante. Al contrario, según los valores de la ética
moderna, los maestros antiguos e incluso el lugar donde se desarrollaron
ciertos episodios épicos no serian un modelo a imitar para la formación
educativa de un joven moderno.  La clase
de acontecimientos que se produjeron en los albores del karate, pertenecen a un
anecdotario mítico que planea sobre el mundo de las leyendas, unas veces engrandecido
por el boca a boca, y otras por la imaginación oriental muy dada a la
fabulación. Sin embargo, sí existen noticias contrastables acerca de un
peculiar personaje que nació a mediados del siglo XIX en el seno de una familia
noble cuya historia merece la pena ser recordada. Se llamaba Choki Motobu.

 Durante toda su vida disfrutó de fama y
dinero. Poseía varios palacios en los que celebraba torneos de lucha, pasión
que le acompañó siempre y le dio gran prestigio entre los okinawenses. Era un
hombre extrovertido siempre dispuesto a entrar en acción circunstancia favorecida
por su doble posición de samurai y hombre rico. Poseía un poderoso
físico del que destacaba dos poderosas piernas y dos brazos que eran tan
fuertes que parecían dos piernas más –Choki, parecía disponer de cuatro patas. Por
ello, dedicó todo su tiempo a aprender artes marciales y entrenarse con los
mejores expertos de la época. Quería ser respetado, no sólo por su linaje de
samurai, sino más bien, por su fuerza y destreza en el uso de las armas y la
lucha de mano vacía. Alcanzó un alto nivel técnico el cual no dudaba ponerlo en
practica en la primera ocasión que se le presentara, por este motivo organizaba
peleas en su palacio en las que las apuestas volaban como una bandada de
buitres posándose sobre el suelo.

          Dos acontecimientos marcaron la reputación y la memoria de
este colorido personaje: la derrota contra el maestro Yabu Kentsu en una lucha
con sais (arma con tres puntas) –relatada en el capítulo “Karate, no es
deporte”, y la victoria en Tokio contra el campeón de Europa del peso pesado
que era alemán que relato a continuación.

El boxeador alemán.

En los principios de los
años 20, Choqui Motobu vivía en Osaka, Japón, donde tenía un gran amigo llamado
Yamaguchi. Los dos eran inseparables, siempre estaban juntos, donde iba uno
allí estaba el otro.

          Un día, Yamaguchi mientras ojeaba un periódico vio un
interesante artículo. Se trataba de unas peleas que se estaban celebrando en
Tokio. No eran combates normales sino mixtos: boxeadores contra judokas. Por
aquellos tiempos el público estaba ávido por ver combates bizarros, cuanto más
raros mejor. El deporte, como lo entendemos en la actualidad, no existía, por
lo que se producían espectáculos sin reglas que solían acabar en un baño de
sangre y frecuentemente con resultados letales.

          Cuando Motobu oyó de los labios de su amigo acerca de estos
campeonatos, no dudó un instante en viajar a Tokio para ver tan novedoso
entretenimiento.

          La distancia entre Osaka y Tokio se recorría por entonces
en vetustos trenes de fabricación americana, pues Japón había decidido abrirse
a occidente durante la era imperial Meiji, especialmente en todo lo
referente a tecnología. Naturalmente la influencia cultural también comenzaba a
notarse circunstancia que unos aceptaban con entusiasmo y otros, los más
anclados en las tradiciones, rechazaban abiertamente como si de una violación
se tratara.

          “Este boxeador de peso pesado, no ha sido nunca
vencido  en Europa”, decía Yamaguchi,
releyendo el artículo del periódico mientras el tren marchaba raudo hacía el
norte dejando una espesa nube de humo negro.
“Es alemán y dice que cuando se entrene ‘un poco’ en Japón viajará a
América para pelear por el título mundial”.

 Parece ser que el tono que empleaba el alemán
en sus contestaciones era bastante despectivo para los nativos japoneses a los
que consideraba pequeños e inferiores.

“Posiblemente no tendrá ese
título para cuando llegue a América”, replicó Motobu.

“Bueno, posiblemente lo
tendrá, hasta ahora ha vencido a todos los judokas”, contestaba resignado
Yamaguchi.

“Entonces, seguramente el
Judo no es la contestación adecuada para este boxeador”, respondió Motobu.

El tren entró a la estación
de Tokio en las últimas horas de la tarde y nada más llegar, sin ni siquiera ir
a un hotel para dejar el equipaje, a toda prisa, se dirigieron al lugar donde
se celebraban los combates. Tal era el ansia de Motobu por ver estas peleas.

Para su asombro, el alemán
iba despachando a todos los judokas como si se tratara de un entrenamiento
rutinario. Los despachaba metódicamente, sin mostrar mucho entusiasmo. Eran combates
con guantes acolchados de ocho onzas –los modernos tienen diez, es decir que un
golpe con uno de estos guantes con tan poca protección, hacían no solo el daño
del impacto, sino que provocaba la rotura de la piel o de los huesos con mucha
facilidad. Esta modalidad era brutal y acababa con los contendientes bañados en
sangre y el suelo como el de un matadero.

La técnica del alemán,
consistía en dar vueltas alrededor de los luchadores dando saltitos mientras
cambiaba de posición constantemente. Como el alemán no llevaba camisa, los
judokas no tenían la posibilidad de agarrar la solapa o la tela del brazo, así
es que los luchadores japoneses estaban en una situación difícil, pues no
podían aplicar sus técnicas de agarre y proyección, si alguno hubiera conseguido
proyectarle contra el suelo, con las técnicas de lucha en el suelo
–dislocaciones articulares–posiblemente, le hubieran vencido, pero el enorme y
ágil alemán los despachaba con gran rapidez. Los brazos del europeo eran tan
largos como la pierna del japonés más alto y esto le permitía mantenerlos a
distancia a base de golpes a la cara o al pecho. Ninguno pudo acercarse lo
suficiente para poder tirarle al suelo, donde los yudokas tendrían ventaja
para    estrangularle o luxarle un brazo.

El alemán no solo parecía
que bailaba sobre el ring, sino que ¡se mofaba de los contrincantes!

Acabó con el último con un
sonoro y seco golpe al lado derecho de la cabeza.  El derrotado, en el suelo hacia grandes
gestos de dolor manchando la lona con la
sangre que le brotaba por el oído.
El teutón mientras tanto levantaba los brazos desafiantes increpando al
público, e ignorando al vencido dando vueltas alrededor del cuadrilátero
gritaba:

“¿Alguien más?, ¿qué pasa?,
¿tenéis miedo?”

Yamaguchi, se volvió hacia
su amigo tan silenciosamente como pudo para no llamar la atención del boxeador
y le preguntó:

“Tu eres de okinawa, ¿no? He
oído acerca de vuestro karate. ¿Crees que puede haber alguien en Okinawa que
pueda igualar a este hombre?”

“Yo creo que debe haber cinco
o seis”, replicó Motobu. Después de pensarlo durante un momento, volvió a
decir; “creo que debe haber muchos más que puedan vencer a este hombre”.

Yamaguchi, pensó que era
imposible tal aseveración. Okinawa era una remota y pequeña isla que no podría producir
un solo hombre capaz de semejante hazaña y bastante menos probable, ¡muchos!

Mientras su mente se
recreaba en estos pensamientos, su compañero se levantó del asiento y sin más
gritó:

“¡Acepto el reto!  Soy de Okinawa y represento al karate okinawense”.

Yamaguchi, miraba
sorprendido a su amigo y comenzó a tirar de su ropa.

“¡Choki! ¡Siéntate! No lo
decía por ti.”

Quitándose la ropa hasta la
cintura y los zapatos, Motobu ignoró a su amigo y entró al ring. Se encaró al
campeón mostrándose totalmente relajado, pero mirándole fijamente a los ojos.

Inmediatamente, el alemán se
dirigió hacia él lanzándole varios rapidísimos golpes de gancho (jabs) que el
okinawense esquivó con facilidad. Poco a poco, el peso pesado fue lanzando todo
su arsenal de golpes sin que ninguno llegara a su destino. Esto le hizo darse
cuenta de que estaba ante un extraordinario rival.

El boxeador, por fin, se
cansó de tantas esquivas y abandonando su defensa, lanzó un tremendo golpe con
la derecha hacia la cabeza del karateka con la intención de hacer lo mismo que
acabo con el desafortunado anterior luchador.

Motobu, se agacho por debajo
de la cintura y cuando pasó el puño como una bala de cañón dio un salto
colocándose a la espalda del boxeador. Ahí demostró claramente por qué en
Okinawa le llamaban Saru (el mono); tenía la gran habilidad para de un
salto, pasar por encima de un hombre y caer al otro lado, como lo haría un
mono.

Mientras caía al suelo
aplicó una patada doble a la nuca del alemán mae tobi geri. Éste cayó
boca abajo sin sentido y encima de él, como montando a caballo kiba dachi,
Motobu que entonces le aplicó un punzante codazo empi en el centro del
omoplato derecho.

El alemán no pudo levantarse.
Motobu fue proclamado vencedor en medio de una gran algarabía.

Cuando se incorporó el
gigante vencido, se pudo ver con claridad que no podía mover el brazo derecho.
El codazo del okinawense había afectado al nervio por el que van las ordenes al
miembro superior. Estaba inútil.

Todo el mundo en Tokio se
felicitó por este triunfo, pues los periódicos se encargaron de hacer correr la
noticia:

 “Un desconocido okinawense ha dejado fuera de
combate al campeón alemán de boxeo en menos de un minuto”. Para un país tan
necesitado de gloria como lo era Japón en aquella época este acontecimiento fue
casi una fiesta nacional.

Yamaguchi, era el más
sorprendido de todos, sabía que su amigo era un gran juerguista que gastaba el
dinero en fiestas y en bares, pero nunca antes había hablado de su pericia como
karateca.

Sucedió entonces una
anécdota muy graciosa, aunque no lo fue tanto para Motobu: Los celos entre
maestros eran muy frecuente por aquellos tiempos, y lo sigue siendo todavía en
la actualidad, lo cual no deja de darle un punto de pimienta al panorama del
mundillo:

 Choqui Motobu y el futuro padre del karate-do
moderno, Gichin Funakoshi eran rivales, ambos okinawenses, pero practicando un
tipo de karate muy diferente; Motobu basaba su arte en el combate y Funakoshi
en la practica de los katas. Motobu era un peleador experimentado que había
desarrollado una técnica muy depurada de brazos y golpes de pie que atacaban a
las rodillas y a la región inguinal. Era conocido por ser un combatiente no muy
elegante, pero muy eficaz, de hecho, despreciaba los katas. Funakoshi, era todo
lo contrario; buscaba la perfección de los movimientos, recomendaba la práctica
intensiva de los katas y no hacía kumite (lucha), – éste fue introducido por su
amigo Otsuka más tarde.

Cuando Choqui Motobu derrotó
al boxeador alemán, el periódico “Kingu Magazine”, publicó un artículo en
Septiembre de 1925 en donde se podía ver dos dibujos en los que se distinguía
claramente; en uno a Funakoshi con karategui en el primer movimiento de la kata
jondan y el alemán dibujado proporcionalmente mucho más grande; en el
otro, al enorme alemán cayendo al suelo vencido mientras Funakoshi adopta un
kamae no bien definido y la mano derecha con los dedos abiertos según el estilo
del aikido. El conjunto del artículo y los dos dibujos daban a entender que el
victorioso karateka era Funakoshi sin haber participado éste de ninguna manera
en el acontecimiento. Este incidente no hizo más que empeorar las ya delicadas
relaciones que existían previamente entre los dos karatekas.

A partir de entonces,
comenzaron a oírse en la capital hazañas prodigiosas llevadas a cabo por
expertos karatekas provenientes del archipiélago de ryu kyu (Okinawa). Pero,
veamos otra historia relacionada con este personaje que nos muestra, como en
los orígenes del karate moderno la moderación y la paciencia no eran virtudes
muy comunes.

 Veinticinco contra
uno

Unos años más tarde,
corriendo el año 1926, Motobu regresó a su Okinawa natal. Por entonces los
festivales con toros eran frecuentes así que decidió ir al primero de la
temporada. Éste se celebraba en Nishibar-Una-Ha, en la ciudad de Suri, donde
unos amigos habían reservado un asiento en la primera fila.

Con la excitación del
espectáculo, Motobu movía nerviosamente la cabeza de lado a lado, completamente
absorto en la acción. Un espectador que estaba sentado detrás de él se irritó
por tanto movimiento y no se pudo contener mas y perdió la paciencia; golpeo a
Motobu en la cabeza con su bastón. Éste como un relámpago, arrebató el objeto
de la mano del hombre, se volvió y le dio “un golpecito con la mano en la
cabeza”. Esto fue lo que después declaró Motobu en la prefectura de policía:

 “Solamente le rocé la cabeza por su
insolencia”. Pero las consecuencias de un golpecito de la mano de Motobu fueron;
el cráneo roto y la perdida de conciencia del espectador que tubo que ser
sacado en camilla directo al hospital.

Ahí, ni acabo la cosa. Al
salir de la comisaría de policía junto con sus compañeros, donde fueron
tratados muy cortésmente, pues como era sabido, él era noble y tenía privilegios,
les esperaban un grupo de jóvenes que empezaron a acosarles:

“¡Eh, tu grandullón! tu el
de cuerpo de burro y cerebro de mono. Tú y tus amigos vais a pagar lo que
habéis hecho a nuestro amigo”.

El grupo estaba compuesto
por al menos veinticinco jóvenes y se mostraban amenazantes.

Motobu, simplemente se
volvió hacia sus amigos y les dijo:

“Dejadme sólo con ellos. Ir
a casa y no os preocupéis. Luego voy yo”.

 Los amigos de Motobu, se disiparon con miedo
por sus vidas y comentaban nerviosamente lo tonto que había sido Choki por
quedarse allí. Pensaron que quizás les iba a dar dinero para apaciguarles.

Pero no era dinero lo que
les iba a dar Motobu.  Nada más irse sus
amigos se colocó en el centro del grupo. A partir de ese momento sólo se oían
gritos de dolor, porrazos contra el suelo, resoplidos, carreras y todo envuelto
en una gran polvareda.

Motobu, antes de ser un
respetado karateka, durante muchos años había sido un conocido bravucón con
innumerables peleas callejeras y era conocido por sus retos con apuestas de
dinero. Se sentía como pez en el agua en situaciones similares y aquí tenía una
oportunidad de oro. Mientras repartía su carga agresiva reía y cantaba. Pronto
había seis o siete jóvenes tirados por el suelo retorciéndose de dolor y alguno
que otro totalmente inmóvil. Al observar semejante masacre, los restantes
corrieron calle abajo dejando por detrás a sus compañeros. Habían aprendido una
dolorosa lección.

Mientras tanto sus amigos,
avergonzados por su comportamiento cobarde, empezaron a preocuparse por la
integridad de Choqui. Ya había pasado una hora y no se sabía nada de él.
Decidieron hacer algo, uno dijo:

“Veinticinco personas son
demasiadas para cualquiera, incluso para Choki. Creo que no deberíamos haberle
dejado solo para manejar la situación. Mejor volvemos para ver que ha pasado. A
lo mejor necesita ayuda médica”.

“Un momento”, dijo otro, “ya
sabéis cómo es Choqui, mejor vayamos a su casa primero”.

Decidieron ir al castillo de
Motobu. Mientras se acercaban oían el ruido producido por un golpeteo rítmico
que cada vez se iba haciendo más y más fuerte. Entraron al patio. Allí estaba
Choqui golpeando la maki-wara (plancha de madera y paja para golpear).

Cuando le preguntaron qué
había pasado, contestó:

“He fallado algunos golpes y
ahora los estoy perfeccionando”.

Así se recuerda a este
colorido personaje cuyas historias impresionan ahora tanto como lo hicieron
entonces. Son episodios que sumados unos con otros han creado esa aura de misterio
que posee el ambiente de las artes marciales. Un mundo donde la realidad y la
ficción se interaccionan creando una ilusión de la que nos alimentamos todos los
practicantes.

Choki Motobu, nunca creo
ninguna escuela, aunque muchos han presumido de ser sus alumnos. Debido a sus
numerosos viajes y al carácter alegre y extrovertido que le caracterizaba, se
relacionó con mucha gente que estaba orgullosa de haberle conocido.  Es frecuente que los alumnos describan a sus
maestros con gran orgullo, y si esté es muy conocido, mejor todavía; más gloria
para el alumno.

Posiblemente fue uno de los
maestros más controvertidos de la historia del karate okinawense. Hay muy
numerosas historias acerca de Choki Motobu, unas buenas y otras malas, pero de lo
que no cabe duda es que no dejó a nadie indiferente. Inició su historia, como
un agresivo pendenciero curtido en mil peleas callejeras y acabó su vida con el
convencimiento de que las artes marciales pueden ser letales.  Prefirió cambiar la gloria que proporciona la
enseñanza de técnicas secretas por la humildad del silencio, virtud que acabó
por conocer después de muchos años.  Una
de sus más conocidas anécdotas, le relaciona con ser uno de los primeros
maestros que enseñó karate a las mujeres.

Choki Motobu, es el ejemplo
a seguir cuando queremos demostrar cómo el entrenamiento del karate-do, puede
cambiar a una persona pendenciera y de vida desordenada en una persona pacífica
y ordenada. Recorrió todo el camino desde el jut-su letal y agresivo, al
do de la perfección del carácter: cambió la “defensa personal” por el “desarrollo
espiritual”. Creo que nuestro amigo, hizo una excelente elección.

“A QUIEN, COMO UNA CARROZA
AL RODAR, FRENA SU CÓLERA, LO LLAMO UN VERDADERO CONDUCTOR, LOS DEMÁS NO HACEN
MÁS QUE SOSTENER LAS RIENDAS.”

                                                                               Sun
Tszu