El karate NO ES LO QUE TE CONTARON
Ni la vida tampoco.

No es una historia perfectamente justa donde quien más se esfuerza siempre gana, donde la bondad recibe necesariamente su recompensa y donde todos comenzamos desde el mismo punto de partida.
Unos nacen con más oportunidades. Otros tendrán que abrirse camino desde mucho más atrás. Algunos encontrarán maestros, afecto y protección. Otros aprenderán demasiado pronto que la vida también contiene abandono, injusticia, enfermedad, miedo y pérdida.
Tardamos años en descubrirlo.
Y todavía tardamos más en comprender algo mucho más importante: el verdadero problema no es que la vida sea injusta, sino que nadie nos enseñó a observar qué hacemos nosotros ante esa injusticia.
Desde niños aprendemos reglas.
Sé bueno.
Sé educado.
No molestes.
Estudia.
Trabaja.
Obedece.
Espera tu turno.
Nada hay necesariamente malo en ellas. El problema comienza cuando confundimos educación con sumisión, bondad con debilidad, humildad con renuncia y adaptación con pérdida de identidad.
Poco a poco vamos construyendo un personaje capaz de vivir en sociedad.
Y terminamos creyendo que ese personaje somos nosotros.
Nos dicen qué debemos estudiar, qué significa triunfar, cuánto debemos ganar, qué debemos poseer, cómo debemos comportarnos y hasta qué aspecto debería tener nuestra felicidad.
Pasamos una parte considerable de nuestra existencia intentando satisfacer expectativas que quizá nunca fueron nuestras.
Hasta que un día algo no encaja.
Tenemos aquello que supuestamente debíamos desear y, sin embargo, sentimos que falta algo.
Entonces buscamos más.
Más reconocimiento.
Más dinero.
Más seguridad.
Más experiencias.
Más conocimiento.
Más victorias.
Siempre un poco más.
Hace veinticinco siglos, Buda señaló el deseo insaciable como una de las raíces del sufrimiento. Los estoicos advirtieron que sufrimos cuando pretendemos controlar aquello que no depende de nosotros. Y muchos siglos después, la psicología volvería a encontrarse con la misma dificultad humana: conseguimos algo que deseábamos, nos acostumbramos a ello y comenzamos nuevamente a desear.
El objeto cambia.
La búsqueda permanece.
Quizá por eso una de las preguntas más difíciles que puede hacerse un ser humano sea también una de las más sencillas:
¿Cuándo es suficiente?
Pero existe otra todavía más incómoda:
¿Quién es ese que nunca tiene suficiente?
Durante buena parte de nuestra vida miramos hacia fuera buscando la respuesta.
Culpamos a las circunstancias, al trabajo, a la sociedad, a nuestros padres, a nuestra pareja, al adversario, a la mala suerte.
Y algunas veces tendremos razón.
Pero tener razón no necesariamente nos hace libres.
Porque existe un territorio sobre el que sí podemos trabajar y que, paradójicamente, es el que menos observamos:
nosotros mismos.
Ahí aparecen el miedo, la rabia, la envidia, el orgullo, la necesidad de reconocimiento, el deseo de vencer, la frustración, la violencia.
No somos santos.
Tampoco monstruos.
Somos seres humanos.
El problema no es que exista oscuridad dentro de nosotros. El problema comienza cuando nos negamos a verla.
La rabia que no observamos termina gobernándonos.
El miedo que no reconocemos decide por nosotros.
La envidia que ocultamos se convierte en resentimiento.
El orgullo que confundimos con dignidad nos impide aprender.
Y el ego, cuando no sabemos que está ahí, consigue algo extraordinario: hacernos creer que somos nosotros.
Durante años podemos vivir de esa manera sin advertirlo.
Hasta que algo nos obliga a mirarnos.
En mi caso, uno de esos lugares fue el karate-do.
Cuando un principiante entra por primera vez en un dojo cree que ha venido a aprender a defenderse.
Aprende a colocar los pies.
A cerrar el puño.
A respirar.
A desplazarse.
A golpear.
A caer y levantarse.
Repite una técnica cien veces. Después mil. Después diez mil.
Corrige la posición de la cadera, la distancia, el equilibrio, la velocidad, la mirada.
Al principio todo ocurre fuera.
Hay un adversario.
Hay una técnica.
Hay un objetivo.
Hay alguien que gana y alguien que pierde.
Pero si permanece suficientes años sobre el tatami, puede ocurrir algo inesperado.
Un día deja de observar únicamente el golpe y comienza a observar al que golpea.
Y descubre algo que ningún cinturón puede ocultar.
Descubre su miedo.
Su impaciencia.
Su orgullo.
Su necesidad de demostrar.
Su rabia cuando pierde.
Su satisfacción cuando vence.
Su deseo de ser admirado.
Su ego.
Entonces comprende que durante todos aquellos años creyó estar entrenando las manos, las piernas y el cuerpo, cuando en realidad estaba construyendo un lugar desde el cual poder observarse.
Y en ese momento comienza otro karate.
El adversario ya no está solamente enfrente.
Está dentro.
Entonces aparece una pregunta que ningún kata puede responder por nosotros:
¿Quién es ese que necesita vencer?
He necesitado muchos años para comprender que quizá ahí comienza verdaderamente el karate-do.
No cuando aprendemos a golpear.
Ni siquiera cuando aprendemos a no ser golpeados.
Sino cuando comenzamos a reconocer aquello que nos golpea desde dentro.
El miedo.
El deseo.
El orgullo.
La necesidad de tener razón.
La necesidad de ser reconocidos.
La necesidad de ganar.
No se trata de destruir esas fuerzas. Forman parte de nosotros.
Se trata de verlas.
Porque aquello que podemos observar deja, poco a poco, de gobernarnos.
La consciencia comienza en observarse.
Esta idea atraviesa las páginas que siguen.
En ellas aparecen maestros, técnicas, combates, viajes, anécdotas y enseñanzas que han recorrido la historia del karate desde Okinawa hasta nuestros días. Pero este libro no pretende ser únicamente una historia del karate ni un manual sobre cómo ejecutar mejor una técnica.
Hay excelentes libros para eso.
Este trata de otra cosa.
Trata de lo que puede sucederle a un ser humano cuando repite un movimiento durante toda una vida y, un día, descubre que el movimiento estaba transformándolo a él.
Porque la vida también es un dojo.
Nos enfrenta continuamente a adversarios que no hemos elegido: la enfermedad, el fracaso, la pérdida, la injusticia, el envejecimiento y, finalmente, la muerte.
No podemos vencerlos a todos.
Tampoco podemos controlar cuanto ocurre.
Pero podemos aprender a observar qué sucede dentro de nosotros cuando ocurren.
Marco Aurelio, mientras gobernaba un imperio amenazado por guerras y epidemias, se recordaba constantemente que su tiempo era limitado.
También el nuestro lo es.
Vivimos como si dispusiéramos de una reserva infinita de mañanas.
No es así.
Cada amanecer resta uno.
Y cuando empiezas a comprenderlo, algunas cosas que parecían importantes dejan de serlo.
Ya no necesitas ganar todas las discusiones.
Ni demostrar continuamente quién eres.
Ni acumular reconocimientos.
Ni vencer a todos los adversarios.
Ni siquiera necesitas que todo el mundo te comprenda.
Después de muchos años de práctica quizá empiezas a sospechar que la victoria más importante no consiste en derrotar a otro ser humano.
Consiste en no ser derrotado por ti mismo.
Por tu miedo.
Por tu ira.
Por tu vanidad.
Por tu resentimiento.
Por tu deseo interminable.
Por esa voz interior que siempre necesita un poco más para sentirse alguien.
Entonces la mano que durante tantos años aprendió a cerrarse comienza, finalmente, a abrirse.
Y ocurre una paradoja.
Cuanto menos necesita agarrar, más posee.
Cuanto menos necesita demostrar, más segura se vuelve.
Cuanto menos necesita vencer, más libre es.
La mano queda vacía.
Pero el corazón comienza a llenarse.
Quizá ese sea el significado más profundo que hoy encuentro en las dos palabras que durante gran parte de mi vida me han acompañado:
karate-do.
El camino de la mano vacía.
Cuando comencé a practicarlo creía que estaba aprendiendo una forma de combatir.
Muchos años después comprendí que estaba aprendiendo una forma de observar.
Y todavía sigo aprendiendo.
Porque la vida no es lo que te contaron.
El karate tampoco.
Este libro trata de lo que fui descubriendo cuando dejé de mirar solamente al adversario y comencé a observarme a mí mismo.
