Como sencillo practicante de Karate-Do quiero hacer pública una experiencia transcendental que me sucedió el año 1990 y que cambió la perspectiva que hasta entonces tenía del karate y del deporte en general.

Sucedió que teníamos en el Dojo un alumno de 14 años de edad el cual no sobresalía en nada, ni en kata ni en kumite, uno más, pero sobresalía en algo, era muy silencioso y observador. Hacía con fervor lo que podía. Entrenó hasta sus 17 años y siendo cinturón marrón desapareció.

Pasaron cinco años. Una tarde se presentó en el Dojo un señor con un joven, para mi desconocido; alto, flaco y demacrado con mirada vidriosa y esquiva. Era aquel alumno. Me solicitó el Sr, que era el padre si su hijo podría volver entrenar. Se excusó, al mismo tiempo que levantaba suavemente los hombros y fruncía la frente ampliando unos ojos de resignación, diciendo que su hijo era muy tímido, parco en palabras y tenía dificultad para expresarse.

 

Entró en el Dojo donde se le hizo los honores que protocolariamente se realiza a cualquier alumno nuevo o que regresa. No pudo aguantar apenas 10 minutos y tuvo que sentarse después de varios intentos. No llegó al final de la clase de una hora. Se marchó subiendo las escaleras de salida agarrado con torpeza por el brazo de su padre. No volví a saber de él.

Pasaron dos meses. En la calle me esperaba el padre de aquel alumno. Solo. Me saludó con un perfecto Rei de Karate-Do (que es la inclinación del tronco con los píes juntos y los brazos pegados a los costados). Con los ojos brillando y lágrimas a punto de rebosar me dijo:

“Sensei,vengo a decirle que mi hijo ha muerto de una sobredosis y quiero decirle que sus últimas palabras fueron estás;

“Papa, quiero que sepas que los mejores momentos de mi vida los pasé mientras practicaba Karate. Dile al sensei que gracias”.

Desde entonces la razón de mi vida como karateka es otra.

No todos los deportes son iguales…Adiós hermano.