Había pasado poco tiempo desde que Napoleón Bonaparte apretara la garganta de Europa con la potencia de sus cañones, cuando el señor Sofuku Matsumura hacía gestiones para introducir a su hijo Sokon en el mundo de las Artes Marciales. Eligió para ello al Maestro más reconocido en aquellos tiempos, un anciano de 78 años cuya reputación estaba fuera de toda duda: El Maestro Sakugawa.

Después de un largo viaje por los caminos polvorientos e infestados de peligros de la Okinawa feudal del siglo XVIII, llegó por fin, después de pasar por varios controles policiales chinos, a la ciudad de Naha. No tuvo problemas para encontrar la casa del Maestro, pues todo el mundo le conocía no solamente por su fama como artista marcial, sino por ser Magistrado.

Allí se encontraban padre e hijo delante de un venerable anciano, que se parecía más a un poeta que a un aguerrido luchador. Las referencias que presentaba Sofuku eran buenas, de otra manera hubiera sido muy difícil ser recibido por el Maestro que era un celoso guardián de las formalidades sociales.

“Déjame ver al muchacho”, carraspeó el Maestro mientras hacía extraños movimientos laterales con el cuerpo.

“Sokon”, le dijo con voz firme mientras miraba fijamente al entrecejo del niño, “empezar las artes marciales significa iniciar una nueva vida. Pronto te darás cuenta de que tu carácter y tu personalidad son más importantes que la habilidad o la fuerza física. ¿Crees que podrás entregarte con diligencia obedeciendo a todo lo que se te diga sin una palabra en contra?”

La precisión de la mirada del Maestro, lo directo de su voz y el ambiente solemne hicieron sentir al joven adolescente como si se estuviera encogiendo, disponía de una determinación y fuerza una física fuera de lo normal. El orgullo, era la cualidad más notable de ese niño, y como veremos a continuación, ningún entrenamiento pudo hacerle más sensible, solo el amor lo logró. Cuando acabó de hablar aquel anciano, Sokon miró a su alrededor con respecto para ver si tenía autorización para hablar. Todos los presentes le miraban fijamente esperando no solo una contestación, sino con qué forma y actitud la expresaba. Esta situación ya se había producido anteriormente en la casa y debido a la poca determinación de las respuestas de otros candidatos, el maestro los había rechazado a todos. El joven inspiró lentamente, dejó salir el aire por sí solo y moduló esta frase: “No le defraudaré”.

Este fue el primer paso que dio Matsumura en el camino que le llevaría hacia la fama y le colocaría al lado de los inmortales del Karate. Este momento tan significante sería la semilla que germinando en el tiempo produciría maestros como Itosu, Chinen, Tawata, Yasuzato y Arakaki, los cuales sistematizarían el karate para acabar denominándose Shuri-te y Sho-Rin-Ryu, que fueron los primeros estilos modernos del karate okinawense.

Anteriormente a estos acontecimientos, el karate se enseñaba de manera secreta y era celosamente guardado en el seno de las tradiciones familiares. Incluso el nombre era diferente, se llamaba kara-te o to-de, que quería decir “mano de espiga”, posiblemente debido la circunstancia de que era practicado solamente por los campesinos que tenían prohibido – por el clan de los Satsura Japoneses – el uso de armas. Anteriormente a la “reforma” de Matsumura, los diferentes estilos de Kara-te recibían el nombre de los maestros que los enseñaban, pero sin ninguna unidad, haciendo cada uno su propia interpretación del arte.  Matsumura, sin embargo, llamó a su estilo Sho-Rin-Ryu, traducido como “el estilo del bosque joven”. Este estilo no debe confundirse con el antiguo arte okinawense, el cual todavía se sigue practicando en las islas y que recibe el nombre mismo nombre de “Sho-Rin-Ryu”, pero con una genealogía y traducción diferente, – “el estilo del bosque de pinos”.

Una vez iniciado el proceso de tutelaje bajo la dirección de Sakugawa, el futuro Bushi (samurai) Matsumura se manifestó rápidamente como un habilidoso experto artista marcial. En el invierno del año 1816 ya había desarrollado suficientes valores como para ser reclutado en el servicio imperial como chicudon, – importante título concedido directamente por el Emperador y anterior en el rango al que recibiera años antes su propio maestro: peichin. Esto le permitió vivir holgadamente y contraer matrimonio dos años después. El nombre de su mujer era Yonamine Chiru, conocida por todos como una persona muy inteligente y de gran fortaleza física. Venía de una familia de renombrados practicantes de karate, siendo en el futuro una influencia y un pilar importante que contribuyó notablemente en el desarrollo social y espiritual de su marido.

Como sucedía siempre entre la población okinawense, la gente comenzó a hacer comparaciones entre el maestro Matsumura y su mujer Yonamine, incluso se discutía acerca de quién era el mejor de los dos en las habilidades de las artes marciales. Se decía de ella que era capaz de levantar un saco de arroz con la mano izquierda y barrer el polvo por debajo con la escoba en la mano derecha. ¿Quién sería el mejor luchador? Esta era una duda que flotaba en el ambiente de la ciudad en la que el espíritu apostador y la afición por los retos eran comunes entre los campesinos.

Esas dudas pronto fueron resueltas una noche cuando regresaba la señora Matsumura de una fiesta que se había cebrado en el barrio de Kaki-no-hana. El alcohol corrió en exceso entre los festejantes y el ambiente comenzó a ser poco a poco demasiado borrascoso. Matsumura dijo a su mujer que regresara a casa mientras él permanecía allí un rato más.

Comenzaba a caer la noche cuando Yonamine inició el regreso a su casa por un atajo polvoriento y sucio que cruzaba el templo medio abandonado de Sogen-Ji. De repente, un ruido que provenía de entre los arbustos la sobresaltó. Dio un salto al otro lado de la senda mientras veía como salían de la oscuridad tres hombres suciamente vestidos y mal afeitados. La miraron maliciosamente como animales salvajes dispuestos a saltar sobre su indefensa presa.

Dándose cuenta de la situación de peligro inminente en la que se encontraba, dio lentamente un paso atrás recuperando la respiración. Con movimientos suaves se situó en una zona donde la vegetación era más densa.

“¡Quitaos del camino o tendré que castigaros a los tres!”, dijo ella, pretendiendo desconcertarles.

Su truco no caló entre los rufianes que se rieron de estas palabras. Inmediatamente se colocaron a la derecha del que parecía ser el jefe del grupo. Yonamine, se percató inmediatamente de que el liderazgo correspondía al más barbudo. Su mente, instintivamente, recordó lo que su maestro la había repetido muchas veces: “en situaciones de agresión múltiple, siempre hay que tomar la iniciativa del ataque y dirigir este contra el líder o el más fuerte del grupo, esta acción provoca un desconcierto inicial que debe ser aprovechado con ventaja por el asaltado”. También llegaron a su mente frases tan repetidas que acabaron integrándose en su conciencia: “quien da primero, da dos veces”. El paso que dio hacia atrás y a un lado también tenía una importante razón estratégica: “En la lucha contra varios atacantes hay que moverse de tal manera que el líder siempre quede entre tú y los demás”, recordó que le instruyó su padre cuando era niña.

Antes de que el barbudo diera un paso más hacia delante, Yonamine saltó sobre él como un gato. El hombre parpadeó con una expresión de miedo en sus ojos al ver cómo la cara plácida y femenina de aquella indefensa mujer se transformó en un instante en una máscara horrible con los alerones de la nariz ampliamente abiertos, los ojos como los de un demonio y la boca abierta con una mueca horrible enseñando unos amenazantes dientes.

Su kiay, (grito intimidatorio) sonó como un extraño trueno en una noche estrellada. Nada parecía ser lógico, pensaban los malhechores. Su desconcierto era total y antes de acabar de pensar en ello, de darse cuenta de lo que estaba pasando, la mujer caía al suelo sobre una pierna, giraba sobre ella y dirigía el talón de la otra, como un martillo, directamente a la sien del hombre más fuerte. Sin parar la acción, apoyándose en el pie de la pierna que acababa de utilizar, proyectó otra patada lateral que con el canto del pie impactó la garganta del segundo hombre, que la encajo mal, quedando anonadado. Cayó este sobre una pila de maderas agarrándose la garganta sin apenas poder respirar. No se habían todavía enderezado las rodillas de Yonamine, cuando se abalanzó nuevamente sobre el primero dirigiendo la punta de su codo contra el hueso saliente de la garganta que produjo un chasquido como el de una avellana que se quiebra.

El tercer hombre, todavía intacto, se paró al instante y al comprobar la situación en la que se encontraban sus compañeros mostró una expresión de cara de perro asustado y cobardemente salió corriendo lleno de pánico. En solo tres pasos, Yonamine alcanzó al bandido asiéndole por el cuello de la camisa, le aplicó un mae geri (patada) en la parte posterior de una rodilla y cayó sobre él en una posición parecida a la de un jinete montando un caballo (kiba dachi), le trincó entonces del pelo, y antes de que éste se protegiera con las manos, el canto de la mano derecha de la indefensa mujer cortaba el cuello del hombre utilizando la mano como si de un hacha se tratara. La arteria gruesa del cuello no pudo resistir el golpe y el hombre quedó tendido sin conocimiento.

Después de mirar con precaución el resultado del combate arrastró a los tres insensatos hasta colocarlos sentados espalda con espalda y los ató con su obi, que es el fajín ancho con el que se sujetan las ropas las mujeres en Okinawa. No acabó aquí su acción, arrancó el palo que mantenía el nombre del templo y lo arrojó sobre ellos como un último acto reivindicativo y de asco. En la inscripción se leía: “Paz en el espíritu, paz en el cuerpo, paz en las manos, paz en los caminos.”  “Muy apropiado para el momento”, pensó ella.

Horas después, Matsumura volvía a casa siguiendo el mismo camino. Según se aproximaba al viejo templo, se extrañó al oír ruidos como lamentos que provenían desde los oscuros arbustos que bordeaban la senda. Curioseando a través de la negrura de los matorrales, se sorprendió al ver a tres hombres amarrados como si fueran una recua de animales y uno de ellos con sangre seca pegada a la cara. Mientras los desataba, reconoció el obi de su mujer. Los liberó y sin más preguntas los dejó ir mientras observaba atónito como caminaban con dificultad apoyándose uno al otro.  Se perdieron entre las sombras de la noche y Matsumura, continuó el camino que le conducía a su casa mientras una sonrisa de complicidad se dibujaba en su rostro.

Al día siguiente, durante la hora del desayuno, Matsumura dejó caer el cinturón encima de la mesa delante de Yonamine y dijo: “Creo que esto te pertenece”.

Su mujer, envuelta en el polvo de la limpieza diaria, recogió su obi y, sin una sola palabra, continuó con su trabajo como si nada hubiera pasado. Matsumura se mantenía tranquilo, pero una duda le rondaba la mente. No podía comprender cómo una mujer tan dulce, bella y hacendosa como la suya podría haber maltratado tan duramente a tres hombres. La educación tradicional okinawense limitaba muchos las preguntas que un marido podía cuestionar a su mujer, el sentido de la ofensa y de la privacidad en aquellas épocas, eran muy respetados. A pesar de la sensación de tener mariposas revoloteando en el estómago y la cara enrojecida por la duda, no se atrevió nunca a preguntar abiertamente a cerca del acontecimiento. No obstante, estaba seguro de que ella había sido la responsable de ese desaguisado. Una maliciosa sonrisa dibujada en su semblante demostraba tímidamente que él sentía una gran admiración por ella y por lo que había hecho, pero no podía demostrar abiertamente sus emociones debido a las estrictas reglas sociales de la época. De esta manera secreta descubrió que Yonamine era realmente una gran experta en el mundo del karate y que su familia había ocultado perfectamente su entrenamiento.

La prudencia y la humildad eran en aquellos años, siglo XIX, virtudes que toda persona de bien debía mantener en todo momento de su vida social. Estaba muy mal visto la vanagloria y el arrojo innecesario. Todas las acciones de la vida de una persona se realizaban con la máxima perfección y con el mayor recato, pues el individualismo estaba muy mal considerado. Cualquier trabajo o actividad, se hacía en comunidad por lo que cabía muy poco tiempo y espacio para las acciones en solitario, consecuentemente, un episodio como el descrito anteriormente, se mantenía en secreto

Efectivamente, el To-de, como se denominaba por entonces a una forma concreta de defensa personal, se practicaba secretamente en el seno de familias cerradas que guardaban celosamente sus técnicas de puertas a dentro.

Desde el episodio acontecido a su mujer, una duda acompañó a Matsumura durante el resto de su vida, “¿Qué sucedería si el mismo se encontrara un día en una situación similar?”

Ese día no tardó mucho en llegar.

La familia de Yonamine estaba celebrando una fiesta familiar cuando Matsumura comenzó a sentirse enfermo, que era una forma más elegante de decir por entonces – “mareado”, y se retiró a descansar. Un poco antes del anochecer se despertó y haciendo gala de ese carácter teatral y burlesco típico de los okinawenses; se vistió como un granjero, embadurnó su cara con carbón y salió corriendo hacia un lugar llamado Daido Matsubara por donde él sabía que su mujer tendría que pasar para ir de vuelta a casa. Quería darle un buen susto. Se escondió en una acequia, y esperó a que llegara su mujer que habitualmente recorría ese camino en solitario a través de la oscuridad de la noche.

Al cabo de un rato, la vio descender alegremente cuesta abajo llevando en una mano un balanceante furoshiki (un hatillo en el que se transportaba diferentes cosas de utilidad doméstica). Cuando creyó que estaba suficientemente cerca, saltó de repente hacia ella gritando todo lo que podía mientras agitaba los brazos como un espantapájaros. Solo tenía la intención de paralizarla dándole un buen susto.

La reacción de ella fue instantánea y espontánea. Tiró el hatillo y saltó verticalmente mientras lanzaba dos patadas al pecho del fantasma. El sorprendido Matsumura, no tuvo ninguna posibilidad de defenderse, pues quedó totalmente sorprendido y paralizado por la reacción instantánea e inesperada de ella. Pero, ahí no acabó la batalla. Nada más tocar el suelo Yonamine utilizó, como si se tratara de dos resortes, ambos brazos cuyos puños descargaron toda la fuerza en un mismo sitio de la cabeza de Matsumura.

Cuando empezó a recuperarse del mareo y de las estrellas que había visto como consecuencia de los golpes recibidos, se percató de que su bonita y doméstica mujer le estaba atando a un árbol con el mismo obi con el que atara a aquellos bandidos. Intentó soltarse utilizando toda su fuerza, pero cuanto más lo intentaba más se apretaban los lazos y más dolor sentía, así que, exhausto por los esfuerzos, decidió someterse a la humillación y esperar.

Se dio cuenta entonces de que su, hasta entonces frágil y delicada mujer, no sólo era una experta en las artes marciales, sino que era una maestra en el antiguo arte del hojo-jutsu, el arte que utilizaban ancestralmente los samuráis para atar a los enemigos capturados vivos. Esos nudos eran realizados con gran velocidad y eran imposibles de desatar por la víctima.

Matsumura permaneció atado durante toda la noche. Cuando los primeros rayos del sol calentaban el amanecer y su cuerpo temblaba aterido por el frío, vio a un hombre bajar la cuesta montando al trote sobre un caballo blanco.

“¡Eh!” gritó Matsumura “¡Desáteme, por favor!”

El hombre descabalgó y quedó atónito al descubrir que se trataba del gran Matsumura. ¿Cómo un hombre con su reputación podría encontrarse en semejante situación?

“Comprendo”, dijo Matsumura muy consecuente y visiblemente avergonzado: “Se estará usted preguntando qué ha pasado. Yo mismo casi no lo sé. Dejémoslo como está, el mundo es grande y he descubierto que puede haber artistas marciales mucho más hábiles que yo”.

Después, como un perro con el rabo entre las piernas, regresó humildemente su casa. Su dulce mujer le esperaba sonriente. Para justificar la ausencia nocturna, Matsumura empezó a contarle una historia “heroica” con la cabeza agachada y, sin mirarla a la cara. Comentó torpemente:

“Esta noche,… me han atacado un grupo de hombres y,… he tenido que defenderme…”. Su orgullo le impedía reconocer la derrota ante su mujer y prefería fabular antes que pasar por una vergüenza tan grande.

Mientras ella le servía el desayuno con la dulzura de una geisha, solo le dijo:

“Tienes que entrenar más duramente”.

Luego cayó y continuó con su sencillez habitual, después de todo el orgullo del marido debía quedar en casa. En ningún momento le hizo sentirse descubierto. No quería ridiculizar todavía más a su marido, ¡el gran Maestro respetado por todos!

Al día siguiente, Matsumura, fue a visitar a su venerado Maestro y le contó toda la historia. Sakugawa, después de reírse un buen rato, decidió darle un buen consejo:

“Mi querido alumno, ¿dónde está tu punto más vulnerable?  El punto más vulnerable para un hombre son sus testículos y para una mujer los pechos. Ellas, cuando combaten, ponen toda la atención de no ser golpeadas ahí. La próxima vez que te enfrentes a una experimentada mujer artista marcial, amaga un golpe al pecho, ella perderá el equilibrio al intentar cubrirse, entonces debes entrar en la lucha cuerpo a cuerpo practicando alguna técnica de ju-jitsu para proyectarla al suelo. Ahí la podrás controlar con más facilidad porque tienes más peso que ella.  Pero si ella da muestras de ser más fuerte que el hombre, entonces lanza tu primer ataque a esas zonas sensibles, pero esta vez sin amagar”.

De esta manera tan cruda daban consejos los maestros del siglo pasado respecto a la defensa personal; la gentileza aquí no tenía lugar y ciertamente, una campesina bien entrenada era tan, o más peligrosa que un hombre.

Matsumura, se sentía totalmente desanimado después de su derrota a manos de su mujer y no paró de pensar en ello durante semanas. Pensaba en el consejo de su maestro y no podía dejar de pensar en ello. Aunque fuera su mujer la que le había ganado, no podía entender como su karate había sido derrotado, –teniendo en cuenta que en aquellos tiempos todavía había ronins (samurais vagabundos), que también eran mujeres de gran peligro. Una mujer ronin, podía matarte en un instante y él no supo como controlar una situación que, aunque en principio solo pretendía asustar a Yonamine, él acabó atado como un pollo.

Matsumura, que era conocido por un espíritu terco y teatral, esperó hasta encontrar la oportunidad de la revancha y ésta se presentó dos meses más tarde.

Yonbara era el pueblo donde vivía la familia de Yonamine. Fue nuevamente a visitarlos, y según su costumbre, sola, recorriendo andando la distancia que se cubría en un día de marcha desde Shuri.

Matsumura, vio ahí su oportunidad. Antes de que el sol llegara al ocaso ya estaba camuflado detrás de unos juncos que bordeaban el camino. Haciendo gala de ese carácter teatral que tanto le gustaba, esta vez decidió vestirse de pescador.  Se untó la cara con aceite y arena como si se tratara de un viejo lobo de mar, se vistió con harapos y de esa guisa esperaba no ser reconocido por su mujer. Se escondió y espero.

Al poco tiempo de ponerse el sol, su mujer llegó con marcha ágil cargando su pequeño hatillo de viaje. Sin más dilación, Matsumura se lanzó sobre ella profiriendo simultáneamente un fuerte kiay (grito explosivo). En esta ocasión, Yonamine dio un paso a tras y comenzó a describir un círculo lentamente alrededor de él, como lo haría un gato listo para saltar. Sin más, él lanzó con un tsuki (golpe de puño directo), hacia su pecho con la intención que le había explicado su maestro, como un cebo. Efectivamente, esta acción provocó en ella tanta consternación que permitió que Matsumura se acercara a ella hasta hacer un cuerpo a cuerpo. La agarró de frente por el hombro izquierdo y  por el codo derecho y con un giro del cuerpo la hizo caer al suelo con una  zancadilla a la pierna derecha,  osoto-gari. Por fortuna, esta técnica no encierra mucho peligro, pues la caída puede ser fácilmente controlada por el atacante. Yatsumura se limitó a dejarla caer sobre la espalda contra el suelo y salió corriendo.

Yonamine, quedó sola y muy consternada, pero no herida:

“Dos ataques en tan poco tiempo eran demasiado,” pensó.

Yatsumura, llegó a casa corriendo. Se lavó. Se sentó en la mesa y esperó como si nada hubiera pasado mientras bebía un vasito de sake (vino de arroz).

Omedeto gozaimasu”, dijo ella en un tono entusiástico cuando finalmente entró en la casa.

“¿Por qué omedeto?”, preguntó Matsumura, pretendiendo no saber de qué estaba ella hablando. “¿Qué he hecho yo para merecer esa felicitación?”.

Con una expresiva sonrisa reflejada en su cara, ella dijo:

“Estoy feliz porque después de hablar con el Maestro Sakugawa por fin has aprendido cómo combatir contra una mujer experta en artes marciales.

Matsumura, la miraba atónito. Había sido descubierto. No entendía nada. Ella debería mostrarse muy enfadada y muy ofendida por haber perdido. Después de todo cuando él fue derrotado, ¡tardó tres meses en recuperarse! y ahora ella venía contenta habiendo sido derrotada. No entendía nada.

“Querido marido”, comenzó a decir ella en un tono maternal. “Hoy has aprendido dos grandes lecciones: la primera, es que en combate no hay distinciones entre hombres y mujeres. Un oponente es un oponente. En algunas ocasiones, como has comprobado, una mujer puede ser mucho más peligrosa que un hombre si ella está bien entrenada en el mundo de las artes marciales; y, la segunda, que el corazón de la mujer siempre se alegrará por la victoria de su marido, aunque ella sea la que pierda. Nosotras somos luchadoras silenciosas en constante pelea con la vida diaria. Esta vida no tiene sonoras recompensas para nosotras, pero cuando veo a mi marido feliz y orgulloso por haber tenido una victoria, entonces por unos momentos nos sentimos felices y orgullosas de haber contribuido a su felicidad. Siempre he sabido que tú eras el atacante y me he sentido triste durante estos meses por tu anterior derrota. Ahora soy feliz.”

Acabando de decir esto, abrazó a Matsumura y se fue a barrer el suelo levantando un saco de trigo de 40 kilos con una mano y barriendo por debajo con la otra…

Matsumura quedó anonadado por la profundidad y humildad de su mujer. Con cada lágrima que caía por sus mejillas sintió como se regaban las semillas de un poder enorme que florecía en su espíritu. El espíritu de la humildad y de la sencillez que le acompañaron durante el resto de su vida.

Las artes marciales tienen en sí mismo, no solo el poder de la destrucción, sino la caricia de la sensibilidad espiritual. Ambos extremos se complementan como el Ying y el Yang, uno no puede existir sin el otro y, de producirse esta circunstancia, se produciría un gran desequilibrio. Las artes marciales, por medio del entrenamiento físico y riguroso, fortalece el cuerpo hasta límites insospechados: rompimientos de piedras, combates durísimos, entrenamientos agotadores, etc, y por medio de la meditación y las conversaciones con el sensei (profesor director de la escuela) se suaviza el espíritu y se encuentran las claves para alcanzar el equilibrio entre la mente y el cuerpo. La delicadeza de la filosofía penetra poco a poco, durante el trascurso de los años, en el espíritu del iniciado. El artista marcial tiene en su mano la posibilidad de crear vida o causar muerte y entre esos extremos discurre su existencia. La humildad y la sencillez, desarrollados durante los muchos años de práctica, le harán comprender algún día frases misteriosas como: ¿Por qué Dios escucha las lágrimas de las mujeres? o ¿Por qué en una mano un saco y en la otra una escoba? Preguntas sutiles que encuentran la adecuada respuesta solo en el espacio silencioso de la meditación o en el mundo profundo de la mente de la mujer.

Los maestros zen por medio de los koans, (frases o preguntas que no tienen respuesta), logran que la mente del practicante se libere de las ataduras del ego. Una sola frase puede ser suficiente para entrar en ese estado espiritual y el tiempo necesario, un instante o toda una vida, dependiendo del nivel de entrega del iniciado. “Solo entenderán los que pueden entender”.

El arte marcial tiene en sus movimientos la posibilidad de destruir, pero también de crear. La capacidad primera tiene una base agresiva de raíz eminentemente masculina, mientras que la segunda es una cualidad más propia de la feminidad. La comprensión y la aceptación de la derrota son muy difíciles, pero lo es más todavía el alegrarse por la victoria del compañero, especialmente si éste es el que te ha vencido. Este carácter femenino es un gran avance en el desarrollo espiritual del ser humano. Durante los años de práctica, en el mundo de las artes marciales, esta característica no solo se entrena de mil maneras diferentes, sino que surge espontáneamente. Por eso, podemos decir que el arte marcial transciende el deporte con sus marcas y sus tiempos cronometrados situándose en un espacio en el que el sujeto a vencer es; uno mismo.

La más noble aspiración que debe buscar la práctica de las artes marciales no es la simple consecución de copas de latón, medallas de oro, reconocimiento social o incluso grandes ganancias económicas, todo esto no son más que vanidad pasajera. El auténtico enemigo está dentro de cada pensamiento egótico y debemos intentar vencerlo. Lo que hay que destruir es la esencia negativa y oscura que ataca e inunda la mente durante toda la vida. Si el control de la acción y de las emociones es un objetivo importante para el artista marcial, lo es más todavía la alegría de sentir ese control y esas emociones reflejadas en otro, es así como la energía fluye como una rueda: todo lo que das, regresa. La vanidad almacena, la generosidad siembra. Esto quizás sea, para el guerrero que busca la realización, la gran batalla que dura toda una vida: la batalla contra la vanidad que nos distancia del entorno y que nos hace más duros en nosotros mismos.

Por muy fuerte que fuera el maestro Sakugawa, lloró. Lloró como el niño que fue un día y haciendo aquello que todos los niños aprenden primero: llorar. No por ello perdió la valentía, el honor o la vergüenza que se suponen que son características masculinas, al contrario, ganó en todo ello y se hizo más libre al mostrar sus emociones sin el control que la sociedad, erróneamente, ha inventado, la vergüenza.

La mejor manera para sosegar el corazón es llorar, gritar, hacer ruido o moverse como lo hacen maravillosamente los niños; ellos poseen la sabiduría natural que todavía no ha sido manipulada por la sociedad. Y lo más fascinante es la forma que tienen de dejar de llorar: algo llama su atención y paran al instante para dedicarse en cuerpo y alma a una nueva misión.

El artista marcial posee una sensibilidad muy parecida a la del niño. Cada circunstancia en la que se ve envuelto es como si toda la vida le fuera en ello. Esta característica tan especial proviene de las miles de horas practicando para conseguir la perfección de un movimiento que posiblemente nunca será apreciado por nadie. Cada gesto es el primero y el último, cada acción se realiza en todos los “aquí y ahora”. No hay otro momento que el presente. Cuando no se consigue extraer de esos momentos la máxima emoción, una poderosa sensación de frustración inunda la mente y se siente como el cuerpo entero quiere llorar. Es entonces cuando se produce el gran aprendizaje: busca el siguiente movimiento porque en la acción está la nueva misión, la nueva aventura que nos libera de las garras de la oscura frustración:

“Morir, es quedarse siempre en la misma posición. Si estás muy quieto, no vives”.

El artista marcial utiliza el movimiento para ayudarse a sí mismo y a los demás. Es una forma superior de meditación que en nuestro mundo se identifica con el aforismo:

 “El karate es Zen en movimiento”.