Kata Unsu debajo del agua. Verano 2026
El lastre
Hubo un día en que navegué tan lejos que desapareció la costa.
Miré hacia proa. Solo había mar.
Miré hacia popa. También solo había mar.
Por primera vez comprendí lo que significaba estar verdaderamente solo. No había nadie que pudiera acudir en mi ayuda. Ni consejos, ni aplausos, ni excusas. Solo yo, el viento y el agua.
Entonces entendí una de las lecciones más importantes de mi vida: en los momentos decisivos no te salva lo que posees, sino aquello en lo que te has convertido.
Mi vida dependía únicamente de la preparación que había acumulado durante los años tranquilos. Cada maniobra aprendida, cada error corregido, cada hora de práctica silenciosa era ahora un compañero de viaje.
También descubrí otra verdad.
Todo lo superfluo pesa.
En tierra llamamos riqueza a muchas cosas que, en alta mar, no sirven para nada. El orgullo pesa. El miedo pesa. Las preocupaciones inútiles pesan. Incluso algunas certezas pesan demasiado cuando llega la tormenta.
Tiempo después descendí al fondo del mar para practicar una kata.
Era imposible hacerlo sin lastre.
El plomo me llevaba hasta el silencio, donde podía moverme con calma y sentir cada gesto.
Pero la práctica terminaba allí abajo.
Cuando llegaba el momento de regresar a la superficie, el mismo lastre que me había permitido descender se convertía en un enemigo. Si quería volver a respirar, tenía que soltarlo.
No había otra opción.
Vi cómo caía lentamente hasta desaparecer en el azul profundo.
Y solo entonces pude ascender.
Desde aquel día comprendí que muchas cosas son útiles durante una etapa de la vida, pero pueden impedirnos vivir en la siguiente. Hay cargas que nos ayudan a llegar al fondo de nosotros mismos, pero que no deben acompañarnos siempre.
Los estoicos decían que no sufrimos por las cosas, sino por el apego que desarrollamos hacia ellas.
Quizá tenían razón.
Porque, a veces, la diferencia entre hundirse y volver a la vida consiste únicamente en tener el valor de abrir la mano.
Y dejar el lastre en el fondo.
