Los entrenamientos de intervalos de alta intensidad son conocidos por “la mejora en la eficacia del rendimiento en la mínima cantidad de tiempo”. Esta aseveración suena muy interesante y hasta bonita, pero lo que no decimos a los que deciden entrar en este campo es que, la carga e intensidad del trabajo físico sitúa al organismo al límite de su CAPACIDAD DE SUFRIMIENTO.

 

Efectivamente; la glucosa en sangre se agota entre los 15 min – 20 min entrenando con un V02 de 90-100%, aparece entonces un “bajón” que solo puede ser superado con una gran FUERZA DE VOLUNTAD. La energía se extrae entonces de las reservas de glucosa del hígado lo cual nos permite llegar a los 30 min. Estos 10 últimos minutos son AGÓNICOS y solo tienen acceso los que han conseguido mantener un volumen de entrenamiento durante 6 semanas.

Después de ese tiempo los resultados comienzan a ser evidentes: mejora de la capacidad aeróbia y anaeróbia, incremento de la fuerza y de la potencia, pérdida de grasa blanca, estilización y marcaje de la figura, mejora del estado de ánimo (percepción de la mejora de la salud). Los controles periódicos que realizamos a los alumnos muestran: descenso del colesterol HDL (el “llamado malo”), descenso de la tasa de ácido láctico, normalización de los índices de glucosa (antes-después de las sesiones de entrenamiento) y descenso de la cetosis (cuerpos cetónicos en orina). En resumen, el entrenamiento de intervalos de alta intensidad no solo mejora la condición física sino que REJUVENECE.

Pero, “EL QUE ALGO QUIERE ALGO LE CUESTA” y eso es lo que expresan esas caras durante los entrenamientos; rictus de cansancio que certifican las 500 Kcal consumidas en 30 min, el litro y medio de sudor empapando el karategui, el sistema simpático “superactivado”, la arteria temporal a explotar, ojeras que muestran la inhibición renal, los ojos mirando hacia adentro con plena atención…el AQUÍ Y HORA del momento intenso. Caras agónicas que se transforman en rostros alegres y expresiones de HILARIDAD después de cada sesión.